Rítmica silvestre

Splendor of ended day floating and filling me,
Hour prophetic, hour resuming the past,
Inflating my throat, you divine average,
You earth and life till the last ray gleams I sing.

Song at sunset – Walt Whitman

Hice gimnasia artística durante un par de años en la primaria. Me encantaba entrar en calor para hacer laxa la musculación de manera similar a las bailarinas de ballet, con los pies en punta, los brazos firmes, pero con las caderas engrosadas; me gustaban la música y las coreos que teníamos que seguir, tan distantes de lo soporífero que me resultaban el arpa, los violines, las flautas traversas. Karina nos entrenaba en la escuela dos tardes por semana y nos llevaba a competiciones los días de descanso. Cuando llovía y el gimnasio estaba ocupado por otros deportes que necesitaban refugio también, nos sentaba en la sala del audiovisual y pasaba videos de las actuaciones de su hermana menor, gimnasta profesional y atleta olímpica.
La temporada de primavera ensayábamos saltos en el patio de cemento y cuando las palomas pasaban volando a ras de suelo, Karina salía corriendo en busca de refugio porque arrastraba el trauma de haber sido de chiquita encerrada por sus primos en un palomar. Vivía con intensidad los nervios de las competiciones: mi melena rizada recogida en un rodete estéril a base de gel y mucho cepillo con un nudo apretado y mil horquillas, el silencio previo al play de algún hit de los noventa, la atención feroz de las chicas que esperaban en la gradería a que falláramos para asegurarse su espacio en el podio.

Idolatrábamos al equipo de las mayores. Eran un cuarteto grácil. Todas altas, todas flacas, todas bellas; todo lo que a las nenas nos hacen entender que necesitamos para triunfar. Sincronizadas en un único movimiento que siempre parían elástico, coordinado y cautivador. Karina también las quería y dio fe de ello cuando trajo, sólo para las campeonas, un modelo nuevo de malla de baile: negro metalizado con figuras geométricas salpicadas de colores fluorescentes. Una pieza enteriza, con escote en V y elegantes mangas largas cubriendo hasta las muñecas. Las demás, seguimos con el bañador aguamarina lavada y blanco, de cuello bote, encajado a la cola donde nos pegoteaba piel y lycra con UHU para evitar que se nos entangara, representativo de una época que estaba quedado atrás.

Karina nos enseñaba a ser cautelosas y metódicas, a atender al compás de la otra y a adaptarnos mutuamente al paso del ritmo ajeno, a ser hábiles en la simulación de la cagada. Nos enseñaba a esforzarnos y a no renunciar y lo hacía desde el sentimiento, con música de baile, mediante algunos pasos y a través la soltura del cuerpo.

Pero comandado por la primera mancha de flujo denso y mojado en la planta baja de mi traje, apareció el día en que perdí mi interés formativo. Abrirme con las piernas extendidas ante un jurado, con las manitos en tensión y la sonrisa dentada siempre expuesta, ya no me resultaba un plan librado de incomodidad.

Llega a mi aquella destreza del ayer mientras atravesamos con el rebaño un túnel de vegetación para alcanzar el fondo de las terrazas cuyo acceso natural y confortable se presenta clausurado por un enredo impenetrable de zarza, rosa canina, árboles caídos y vigorosas matas incipientes.

Para avanzar, debería serpentear con el cuerpo a tierra, piel con piel de carne y hummus, pero gruesos restos de zarza seca partidos en el suelo me impiden siquiera apoyar las palmas. Me rasguño toda, se me engancha la mochila, acabo gruñendo y soltando gemidos de parturienta para fortalecer mi estirar, para alcanzar la libertad. En la hilera que forman las 120 rumiantes, quedo última. O, más bien, me dejan última: me cabecean corderas para adelantarme, me empujan con el lomo las ovejas más viejas para recordarme que pastora sí, mas jefa no. Evidencian que en cuatro soy menos que un bulto más. Repto sin poder alzar la vista y avanzo con la confianza rara de los pastores cuando se entregan a la bestialidad. Al abrirse hacia el claro este mal sueño vegetal y puedo apenas empezar a enderezarme, siento restos de ramas y hojas atrevidas bajando por mi espalda.

En la renovada serenidad con que me recibe el fondo del bancal, donde las ovejas pastan quietas sobre una hierba verde que brilla húmeda, larga y hasta ahora protegida, me saco la mochila, encuentro el cierre central abierto y me enfrento al vacío de la desaparición de mi abrigo. Mientras me ordeno la melena violentada, asumo que el secuestro sólo puede ser obra del túnel del corte. Y me sacudo un poco: el rojo de mis antebrazos me mira pidiendo que no vuelva. Pero la tarde es larga, el sol siempre acaba cayendo y si bien el relato de una flora feroz me excita, puedo procurar ofrendas más sencillas para honrar el suelo que piso.  Y de nuevo me sacudo, cuando apenas me roza una zarza joven la porción tobillo que asoma entre la media y el ruedo de mi pantalón. Las retengo con esfuerzo, todas mis ganas infantiles de llorar. Recobro el aliento mediante unas respiraciones profundas y aleladas y ato mi pelo en un moño firme. Al incorporarme para salir en busca del jersey, siento una nalga mojada. No húmeda, no fresca, mojada. Presiono sobre la tela con el índice antes de llevármelo a la nariz: huelo orín fresco, charco reciente, empape animal prendido a mi carne.

Con la cola secándoseme al viento, el buzo archivado y la visión panorámica en alerta ganadera, atiendo a la apariencia cordial de la rosa mosqueta. Lo mismo de bella, lo tiene de traicionera. De color rosa pastel, con pétalos como una baraja ordenada de corazones, carnosa, dulce y sedosa, su delicadeza es capaz de devenir trampa mortal. Porque un paso en falso basta para que sus ramas alargadas me sujeten por todos lados y a la misma vez. Le miro con descaro los frutos que a tantas bestias por igual gusta, que cuelgan como pendientes de coral, que sonríen desde la satisfacción de haber hecho bien su trabajo de cebo forestal. La rosa cautiva, la rosa enreda. Le gusta el aire, el sol duro de las montañas.

A diferencia de la zarza, la rosa no se arrastra por el suelo. Crece vertical, se estira como un abanico que anhela ocupar el aire, ser vecina de los árboles y las aves, muy por encima del pedrusco y de los bichos. Sus espinas, diferentes también, son más gordas y curvadas. Al corte, se sostienen indemnes y abren una herida honda que se va haciendo superficial; que sangra y cicatriza abultada.

Con cuidado, hago lo que me dijo la tía Roser: recojo el fruto después de las primeras heladas del desenlace del otoño. Con la mochila al frente, aplastándome las tetas y presionado contra mi garganta, abierta como vientre de marsupial, voy llenando el bolsillo de perlas carmín. Se trata de conservarlas para infusiones sanadoras para el malestar invernal.

En algunos frutos, percibo la delgadez de su piel antes de tocarlos, maduros en un punto de cremosidad que dificulta almacenarlos entre el montón sin que se pudran y arruinen el resto de la colecta. Los agarro con delicadeza y se desprenden rápidos y permisivos de la rama que hasta ahora les hacía de madre. El que fuera su ombligo, permanece abierto, un círculo rojo perfecto. Opero con delicadeza y precisión gestionando una fuerza medida entre pulgares e índices, hasta que por el orificio asoma la crema densa que la planta elabora. Cremosa y acaramelada, sale limpia hasta vaciarse del envoltorio, hasta que las semillas duras y vestidas de una pelusa áspera como sisal taponan la salida. Entrego la merma al suelo y con el sol naranja y fucsia encendido vistiendo las pocas nubes que aún acompañan al cielo, acabo de limpiarme a lengüetazos el rojo embriagador que me pegotea los dedos.