Ovejas pariendo

Parem l`oïda,
fins el gemec de l’aire
ens alliçona.
Solcs – Joana Raspall

Prestar atención es también una forma de reciprocidad con el mundo natural.
Una trenza de hierba sagrada – Robin Wall Kimmerer

Para vencer todos los obstáculos que en estos casos se presentan, el pastor necesita preparación, juicio, buen sentido, un poco de diligencia y un mucho de suavidad y paciencia.
La oveja productiva – Luis S. Sales

Igual cuál sea el recipiente que da lugar a otra vida, quiero creer que no es necesario que lo manden a uno a callar ante el acontecer de un parto: en cuanto paso de la penumbra a la luz plena, de lo acuático a lo terrestre, en tanto salto de lo íntimo a lo colectivo, de lo invisible a lo carnal, exige la modestia propia de estar ante lo sagrado. Pero, como bien aprendí que es saludable no dar nada por obvio, ruego. SILENCIO, ovejas pariendo.

Las noches son aún prolongadas y el atardecer se aferra a la melancolía del óxido con que elije revestir el follaje. Añoranza de heladas, escarcha, del frío en invierno. Fueron tórridas, las largas jornadas, cinco meses atrás, de pastoreo caliente: las corderas impávidas, las primalas agitadas, las experimentadas solícitas, cuando los carneros se abocaban a repartir esperma con la encía al aire haciéndoles de detector de hembras dispuestas. A la recherche de la conchiseñal.

Como ovejas, como corderos, como establos y modos de calma hay, como noches oscuras y tardes tibias diversas se presentan, infinidad de partos hay. La experiencia, no obstante, señala un camino: no es por azar que llega un rebaño a parir libre de demasiadas complicaciones. No es por suerte que las paridas se reponen rápidamente del desgaste que conlleva gestar, que tienen una disponibilidad marcada para alimentar y proteger a sus crías, que producen leche grasa y conservan el vellón brillante, la mirada despierta. Sabe el pastor que, en la labor de cada uno de los meses previos, justo a partir del momento de la concepción, está la garantía, o la incertidumbre, del que vendrá. La paridera es la prueba del pañuelo: señala si el camino hasta entonces seguido fue el correcto y augura cómo podrían ser los tiempos venideros mientras en el día a día todo siga siendo de forma rutinaria bien llevado. La constancia es bandera del oficio.

Muchas veces es posible ver que el trabajo de parto ha comenzado, previo al inicio claro de las contracciones, en ese lapso comúnmente llamado falta poco.

En este rebaño de pastoreo, el primer síntoma se exhibe en su caminar: más pausado, sin tomar rutas locas de atajo, quedando últimas en la fila, inspirando con detenimiento al final de cada ascenso. La panza pesa, las tetas aprietan y a algunas se les disipa el interés por el alimento. Estoy cansada, jefa, siento que murmuran cada vez que me pongo la mochila para reemprender el andar.

Ahora bien, ninguna de las posibles manifestaciones que señalan el inicio de la actividad uterina viene acompañada de sonidos. Pueden caer las orejas, puede adormilarse la mirada, es posible que las patas se enreden en idas y venidas inquietas por un mismo lugar. Pero el silencio es la base común del proceso. Y no puedo dejar de pensar en esta ausencia absoluta de ruido ante la intensidad creciente de un alumbramiento como una estrategia evolutiva de resguardo (siempre es mejor no exponer la fragilidad ante la posibilidad de depredación. A fin de cuenta, una vez muertas, en lo salvaje empiezan a comerlas abriéndolas por las partes más tiernas y sagradas: las ubres y la vulva). También, como la sabiduría del cuerpo que gestiona el dolor mediante el suave ondular de la respiración profunda y la conservación de la energía. En las ovejas, los silencios también son parte del lenguaje, porque son bestias que se comunican ruidosas en muchas ocasiones: para reclamar más hierba, más granos, más agua, más sal, más estar fuera. Y son plenamente silenciosas las noches de after pastoreo bajo la luna masticando su chicle de pasto, hierba dura y cáscara de los últimos frutos del invierno.

Distinto es todo cuando se hace evidente que llega la hora de parir. Previo a los pujos para entregar la cría a la vida, la oveja rasca con las pezuñas de forma repetitiva e insistente, como asegurándose lo mullido del lugar. E igual que un gato, se acuesta y acurruca en esa porción estudiada de la superficie. Es posible que repita este gesto algunas veces más, hasta que le quedan aplacadas las fuerzas para volverse a levantar.

Algunas, no es esto una rareza, hacen crujir su dentadura como medio para expulsar el dolor. Exhibir la encía y mover lengua y mandíbula como si bostezara, también, señales de dolor. Se acuclillan muchas veces a mear, aunque apenas caigan un par de gotas nomás. Aquello del bebé rebotando sobre la vejiga, no se lo ahorra ninguna. El primer y más cuantioso orín, la oveja lo busca para olerlo. A la mayoría, la vulva se le inflama y va soltando un líquido muy denso y viscoso, algo más flojo que la glucosa, cristalino en sus capas exteriores y blancuzco y opaco en el corazón, elástico, que lubrica el canal hasta caer al piso o engancharse al tobillo del animal. No es raro verlas caminar con los flancos traseros cual cowboy.

Respiran con la boca cerrada, no jadean. Se les abren enormes las fosas nasales. Les sube y baja rápido la lana áspera por encima del movimiento del esternón. Mantienen los ojos todo el rato abiertos. Ni siquiera durante el expulsivo acaban de perder del todo su estado de alerta.

Al pujar, el orden de experiencia equivale al sundsystem exhibido. Las amateurs suelen ser las más expresivas y sueltan bloques de (m)AAAs recortados, inconstantes, estridentes y guturales. De las repetidoras, en cambio, sólo oímos pronunciarse algunos gemidos cerrados, profundos, estirados. Nos pasa, la experiencia hace al relajo, que despertamos del sueño profundo recién al oír la primera conversación entrecortada que la oveja tiene con el cordero que acaba de ser parido.

Procuro que llegue la mayoría a la fecha probable de parto con el vellón de la cola recortado. Estilo ‘ventanita del amor’, dejo los flancos traseros despejados para cuando estén en la labor poder detectar que todo avanza según lo estipulado sin perturbar a la parturienta en su viaje. Pero también, para detectar rápido cuál va por el establo sin el distintivo de parida, pero con las ubres prietas manchadas de sangre, después de haber dado a luz en la penumbra, en silencio y, a la vista de nadie, haber abandonado al cordero. A veces, lo llegan a asear. Hasta que de pronto se olvidan del sujeto y vuelven a ir su bola por el establo sin atender al llamado de auxilio (si lo hay). En otras ocasiones, paren, contemplan con el iris quieto a un punto indefinido, se ponen en cuatro y se van. Ni nos vimos, chaval.

Prefieren para parir los rincones, a cubierto, en el primer rato de noche al regresar de la pastura o durante la oscuridad previa a que despunte el amanecer con un latigazo rojo dibujando un corte entre el Mediterráneo y el cielo.

El establo recibe la paridera igual que la casa al recién nacido: con las sábanas limpias, la energía dispuesta para la faena, los aspectos burocráticos medianamente resueltos. Que no me jodan mientras dure la magia, prioritario. No atiendo llamadas, no abro el mail, eludo compromisos. Mi burbuja de oxitocina, calostro y afecto bestial.

Cuando una oveja pare en el establo, las demás vacían el espacio que la circunda. Quizás las ahuyente el padecimiento ajeno, aunque probablemente se alejen para asegurarse quietud en la noche: la parturienta se mueve mucho y cambia de posición numerosas veces también después del parto. Una vez nacida la cría, esta inquietud no desaparece: cambia e incrementa. La que parió, lo sabe.

Ninguna oveja se acerca a la que pare. Ni las corderas más juguetonas. Éstas, no obstante, es posible que se acerquen a oler brevemente a algún recién nacido. Los únicos curiosos y libres de filtro son los primeros corderos que pululan confianzudos. Suelen tener entre diez días y menos de un mes de vida y faltos de juicio (oh, ¡bendita infancia!) saltan por encima y alrededor de la parturienta, miran de robarle leche a las mamas destinadas a otro, se cuelan entre las patas de la madre estresada que intenta reconocer a su heredero.

Las adultas, se comportan unas con otras dispuestas a ceder espacio, a mirar hacia el final del horizonte como si como garantía de intimidad bastara aquel gesto de acá no pasa nada. Unas pocas observan a la parturienta de frente, sin disimulo, desde la distancia, igual que hacen ante una oveja muerta. Busca, la amplia mayoría, estacionarse contra la madera de las paredes, contra la reja del patio, para dormir con las patas estiradas y la cabeza de lado sobre la paja que en tiempos de paridera mantenemos siempre renovada, seca, moisés acogedor para todas las vidas nuevas.

En los nacimientos al aire libre, el rebaño no cesa en su avance. La del apretón queda rezagada, busca un escondite alejado del sendero, fuera de la vista, y ahí acampa. Y a la mañana siguiente aparece ante el pastor y sus socias, una oveja negra de anteojos marrones, petisa, con el vellón canoso casi a tocar de suelo, de entre el rebrote arbustivo de los encinos, junto a un cordero blanco, con el cogote marrón, los rizos limpios salpicados por el vientre inflado. Algunas huelen la cría al pasar a su lado. La mayoría, tira por la vía estrecha marcada hasta el filo de la cadena. Donde aguardan las últimas bellotas, donde crecen aún verdes algunos manchones de hierba entre la hojarasca del castaño.

El rebaño anda este febrero por caminos que rememoran el far west: arenilla bajo las pezuñas, una nube de polvo constante al final de la caravana, helechos que crujen, plantines que el viento pone a rodar, desmembrados de suelo, faltos de hojas, a la vista unas raíces finas y diminutas. Del castaño cuelgan pétreas hojas marrones que la ausencia de lluvias convirtió en ajuar. Entre partos y expectación, nos pasamos la jornada pastoreando. Donde sea que intuyamos un reflejo verde, hacia allí vamos: a la cuneta junto a la ruta, bajo la retama desbordada al otro lado de la calle, a los márgenes de la pista, bosque adentro, pendiente abajo. Casi cada día hace calor. Alguna madrugada hiela, por sorpresa, pero casi nunca este invierno. Si no nos mata la sequía, acabará de aniquilarnos una previsible sobredosis de moscas, pulgas, garrapatas, avispas y mosquitos, la peste de insecticida de las chinches apropiándose de la casa. A pie de carretera, justo detrás del guardarraíl, florecen latas de cerveza, botellas vacías, botellas que guardan meo, vidrio partido, el envoltorio de aluminio de Cheetos, de barritas proteicas, de preservativos, papel higiénico, cartón de McDonalds, cachos de autos que se fueron despedazando por el camino. Supongo que esto es lo que hace la sequía: exponer nuestra roña.

¿Coronar, llamaríamos también a la aparición del hocico por la vulva? Fase crucial en el cuidado del animal, determinante al momento de relajarse y confiar en el proceso o asumir que necesitará de un par de manos, delicadeza, práctica y, desde luego, mucha atención. Si los corderos esta temporada literalmente coronaran, viviríamos una tragedia de paritorio. Un cordero bien colocado, emprende su trip a la vida como haciendo un salto de cabeza mal hecho a la piscina: con los brazos estirados, las manos en punta y la nariz levantada apuntando al cielo. No coron: se lanza al flow vital.

Ocurre a veces la escena monstruosa, cuando de la vulva cuelga expuesta la cabeza de la cría y sus patas permanecen atrapadas dentro. Y la vulva prieta alrededor del cogote oscila entre dadora de vida y highway to hell. Escena angustiosa, sin duda, donde la oveja cree haber dado a luz ya y da vueltas nerviosa sobre sus propios pasos, correteando en busca del cordero que difícilmente encuentre mientras siga rebotándole contra la vagina.

Se da el caso, una maravillosa visión, en que la oveja se retira del cuerpo que cobija con tal delicadeza, que acaba sosteniendo desde su canal uterino media esfera acuosa, azul iridiscente, en cuyo interior todo sumergido en líquido amniótico ondea el perfil de un hocico, las puntas blandas de unas pequeñas pezuñas. Puede verse el agua brillante en movimiento, venitas, arterias, un montón de partes del organismo cuya identidad se me escapa. Retengo la admiración: nido, huevo, resguardo, Mamuska.

Alguna pare muy confundida. Teniendo la cría aún dentro, flashea que cualquier cordero que llama o se le arrima es el fruto de su vientre. Después de un breve olfateo, al descubrir la estafa, lo cornea en el lomo o se gira a la espera de nuevas ganas de pujar.

La señal definitiva, aunque no concluyente, de que la oveja se interesará por su cría, es el empeño que ponga en olfatear y lamer el líquido amniótico salido de su cuerpo. Claramente, el primer rastro físico del cuerpo de aquel que lleva dentro. Suavizante aroma bebé. Recurso de la memoria. Apego y salvación. Acabado el parto, limpia a su cría lamiéndole el pegote, la humedad que le ablanda cuero. Mordisquea y traga la membrana fina que siempre queda enganchada de cintura hacia abajo. Secados con un trapo, nunca llegan a quedar igual de pulidos.

La placenta es parte fundamental de la historia, la máxima expresión de aguaviva. Hipnótica cuando es parida, cuando una puérpera la mastica, cuando la levanto a contrasol, inclusive cuando se pelean por ella las perras y quien la pilla, incapaz de cortarla con apuro, la acaba tragando en una deglución profunda como si fuera una ostra larguísima. Atragantándose sin haber llegado nunca a morir.

Cuando el cordero es muy grande (cabezón, con patas larguísimas y una pancita que al nacer ya se ve abultada), lo del silencio lo descartamos por completo. Puede venir el crío colocado de forma impoluta, que no hay vagina que dilate tanto ni pujo con suficiente power para sacar sin esfuerzo excesivo al cuerpo intruso. Y la oveja vocifera de forma constante, la mayoría de las veces como si maldijera al cielo elevando el cuello para acompañar la contracción. De la 59170, esta noche el hocico del cordero apenas asomaba. Vi lo abultado del canal de parto, vi que era una oveja experimentada, vi su empeño el liberarse del dolor y me fijé en la magnitud de la nariz que asomaba: estaba ante el nacimiento de un enorme. Agarré un tobillo entre cada mano y patinaron mis palmas sobre el flujo untuoso que lubricaba. Hice estrechos los cierros de mis dedos cual esposas alrededor de las patas y estiré. Fui estirando hacia atrás descolgando todo el peso de mi cuerpo, del todo lento, del todo medido. Mi vista saltaba del hocico incipiente a la piel tensa de la vagina a la gesticulación de la oveja hasta el enlace que unía mis manos al acobijado. Éramos una, mujeroveja. A medida que fueron estirándose hacia afuera las patas, fue liberándose espacio para la salida de la cabeza. Asomaba una cara rosácea y blanca (un rosa que en realidad es el marrón del vellón cuando es tan fino y está empapado), los enormes orbitales cerrados, un par de orejas tamaño hojas de laurel. La oveja alternaba balidos breves con quejas alargadas. Shh, ya casi, vamos bien, susurré. Detuve mi suave bascular cuando salieron los hombros y ambas pezuñas se estiraron igual de largas hacia adelante. La parturienta al instante empezó a respirar aliviada. A un ritmo manso, centímetro a centímetro, fui acabando de deslizar hacia fuera el cuerpo del acobijado. Acompañando la postura natural de ambos, acomodé la cabeza de la cría bajo la cara de su madre, que había dejado de rugir y que ahora derramaba sobre el cráneo del neonato su conversación iniciática. El cuerpito mojado envuelto con la muselina que le hizo de nido quedó enganchado a la lana frondosa y caliente de su madre. Recuperé mi postura erguida y me sequé las manos con la primera toalla que encontré, manchada y crujiente de restos de alumbramientos anteriores. Busqué la libreta y después de apenas levantar una de las patas, apunté femella y a su lado dibujé desprolija una estrella, señalando que se queda, que ya forma parte de la reposición. Vuelvo a dormir oyendo el susurro materno colándose entre las sábanas, confiada de que logrará mamar sola, deseando que todo vaya bien.