La pasión es el mínimo exigible

Es sábado y venimos del penúltimo concierto de Berri Txarrak. El último para nosotros, que ayer lo dimos todo en el Nafarroa Arena. Leandre, todavía sintiéndose huérfano de quienes han sido banda sonora de los últimos quince años de su vida, no para de repetir cuál mantra uno de los lemas de este grupo icónico del rock en euskera: la pasión es el mínimo exigible (eta pasioa da hemen exigitzea). Y con estas palabras retumbando en la conciencia, nos levantamos y nos dirigimos a la A-12 rumbo a Logroño. En unos 50 minutos nos plantamos en San Antón, dónde Ada nos recibe para empezar nuestro fin de semana riojano. Quién, estoy segura, es una de las mejores hematólogas del hospital San Pedro, se trasladó a la capital de La Rioja en noviembre de 2017 ante la oportunidad de ejercer su profesión en un centro de referencia al terminar los cuatro años de residencia en Tarragona. Y, muy a pesar de sus compañeros médicos, durante dos años no había visitado ninguna bodega de la zona. Esperaba a sus amigos “que saben de vino” –y que se hicieron de rogar– para llevar a cabo su primera cata en la región.

No había tiempo que perder y hacia al mediodía nos plantábamos en Vivanco. Aunque disfrutamos de la visita, por aquello de la emoción de estar juntas después de un tiempo sin vernos, nos transportó al Napa más mainstream. Tour “impecable” en términos de márketing, bodega monumental, hermoso el paisaje que rodea Briones… una lástima hacerla con un poco de prisa ante la celebración de un banquete de boda, en un grupo formado por unas veinticinco personas, sin casi tiempo para preguntas, y quedándonos con ganas de catar los vinos de la colección, sin duda más interesantes que los Crianza y Reserva. Pero estamos felices, porqué sentimos que no hay nada mejor que abrir una botella de vino entre amigos. Y nos resarcimos de lo macro volviendo a aquello micro. A las personas. Y brindamos a la salud de Maite y de Abel (Mendoza) con Jarrarte 2016 mientras comemos –y descubrimos el cardo– en el Beethoven I. Después de visitar Haro y Laguardia, terminamos el día en Laurel, probando los “champis” y los “pinchos morunos”, bien guiados por Ada; encontrando a gente del Camp de Tarragona en cada rincón y cantando Antònia Font con una riojana residente en Mallorca (como de si de una letra firmada por el mismo Joan Miquel Oliver se tratase). Mañana nos espera Carlos Mazo de Vinos en Voz Baja en Aldeanueva de Ebro y, aún sin saber qué nos encontraremos, no podemos dejar de pensar que será cierto aquello de que, cuando te gusta un vino, suelen gustarte también quienes están detrás del mismo.

Carlos nos recibe con una sonrisa dentro del garaje de casa de sus padres. Su bodega, por el momento. Y la de Isa Ruiz, su mujer y compañera en esta aventura junto con el recién llegado Tirso. Nada más lejos de los enormes edificios que se alzan a uno y otro lado de las carreteras locales. “Ahora mismo en el pueblo hay más de veinte bodegas embotellando”, afirma Carlos. “En la región hay unas 62000 ha y aquí en Aldeanueva de Ebro hay unas 7000 ha. Las bodegas que se han hecho, salvo la cooperativa, son de gente que tiene 60, 70 u 80 ha, que de toda la vida han tenido mucha tierra, y ahora han construido una nave grande y ya. No hay bodegas pequeñas…; la gente cree que lo que estoy haciendo yo, que elaboro entre 11000 y 12000 botellas, no tiene sentido”. Es esta una creencia arraigada en la idea –demasiadas veces triunfadora– de que la cantidad prevalece ante la calidad. Una idea que va en detrimento de la preservación del paisaje y la identidad de La Rioja. “Nadie nos ha dicho que conservemos las viñas”, apunta Carlos. “Ves al vecino que prospera y haces lo mismo. ¿Por qué las vas a conservar si no crees que es importante y que puedes ganar mucho más dinero cambiando Garnacha en vaso por Tempranillo en espaldera?”

Antes de emprender el camino hacia las viñas, insiste en que conozcamos cuáles son las particularidades de lo que se conoce como Rioja Baja. Con el Ebro a escasos dos kilómetros, la zona está marcada por la influencia de la sierra de Yerga, con el Moncayo al fondo, y la sierra de los Agudos. Esta última, precisamente, provoca que los suelos sean arcillosos y no calizos, como en Rioja Alta, mientras que en las viñas que se encuentran más cercanas a la sierra de Yerga los suelos son arcillo-limosos y está toda la influencia de la arena. “Os digo una cosa con sinceridad: esta región no ha sido de embotellar vinos tradicionalmente, hace sólo veinticinco años que lo hacemos. Hemos sido granero de La Rioja durante décadas. No hay productores de élite aquí, salvo Álvaro (Palacios)”, explica Carlos. Sin embargo, reivindica estos lares con cierto orgullo. Y es que el naming de Vinos en Voz Baja no es casual: “Quería que estuviera presente la Rioja Baja y un día salió esta expresión. Nos pareció que captaba bien el sentido: resumía el hecho de que eran vinos de la zona y de que se trataba de un proyecto pequeño.”

Nos montamos en el coche de Carlos dispuestos a ir hacia sus viñedos y, nada más iniciar el trayecto, divisamos algunas de las bodegas más grandes de Aldeanueva de Ebro. “¿Mirad, veis aquella? ¿Veis un poco el tamaño? Esta es una de las bodegas que se han construido. Esta zona está llena… Esa es de sidra El Gaitero, esa de Ponche Caballero… Y esto es la cooperativa, ya veis, volumen muy muy grande; la más grande de La Rioja, entran veintipico millones de kilos.” La pregunta que viene a continuación resulta hasta cierto punto obvia: “¿Pero la gente de dónde saca el dinero?” A lo que Carlos responde: “Si queréis, echamos cuentas. El año pasado nos dejaron coger a 8000 kilos si los tenías; si tienes 50 ha puedes llegar a ganar 400000 euros; y aquí hay mucho mercado de vino a granel. En otras regiones, sobre todo, embotellas, pero aquí no.”

En unos diez minutos llegamos a la primera viña que Carlos quiere mostrarnos. Un camino lleno de barro producto de la lluvia del día anterior la separa de la parcela propiedad de la última macro-bodega que terminamos de avistar. Las diferencias no podrían ser más evidentes: Garnacha en vaso versus Tempranillo en espaldera, ausencia de riego versus riego artificial, suelos vivos versus suelos donde la vida brilla por su ausencia –“¿Cómo se explica que en un suelo no salga una sola hierba? Es que no tiene ni pies ni cabeza…”–. En esta primera parada, aprovecha para contarnos como, a mediados de los 90, las bodegas de Rioja Alta vinieron a la zona y plantaron Tempranillo: “Los que más viñedos tenían empezaron a ver que eso del Tempranillo estaba bien, que la Garnacha unos años daba uva y otros no. No es una variedad regular; el Tempranillo sí y podía cultivarse en espaldera. Después, empezó a implantarse el sistema de riego en la mayoría de los viñedos del pueblo.”

“Pero los vinos no están bien”, lamenta Carlos. “El Tempranillo funciona mejor en Rioja Alta, donde hay más humedad. Aquí se ha podido plantar gracias a las instalaciones de riego, pero se modifica tanto que los vinos no están bien […]”, repite. “Tu analizas en la bodega cuando traes el mosto y dices ‘Ay, ¡qué mal! Que mal pinta esto…’; lo bebes y no está mal, pero, en marzo, se cae el vino, se estropea. No aguanta el paso del tiempo.” En este sentido, el gran error para los impulsores del proyecto de Vinos en Voz Baja se encuentra en el hecho de haber renegado de lo propio. Y es que, si bien es cierto que la Garnacha está de moda en todo el mundo, “en la Rioja está súper denostada”. “En una región como esta se está plantando Verdejo y Chardonnay y a mí me parece que es una broma de mal gusto, es que no me lo explico…”. Para Carlos no es coherente que la cepa de vaso de Garnacha sea uno de los atributos con los que se proyecta la marca DOC Rioja al mundo si luego no se corresponde con el paisaje ni con el vino elaborado mayoritariamente en la región. Meses atrás, en una cata de Garnachas por zonas del Ebro, aprovechó para llamar la atención sobre este hecho. De entre las bodegas grandes allí presentes, la Garnacha representaba su vino de 10000 botellas con respecto al millón y medio de Tempranillo crianza que elaboran. “Tenemos que ponernos en nuestro sitio. No se puede venir aquí y flipar con la Garnacha porque la realidad es que no. La Garnacha en vaso está desapareciendo,” expone.

Como se apuntaba sobre estas líneas, el factor económico ha sido un actor fundamental en la sustitución de una variedad por otra: “Hace veinticinco años el 70% de la viña era de Garnacha. Ahora el 87% es Tempranillo. Es muchísimo más rentable. A quienes tenían menos, les costó más arrancar; mi padre no arrancó. Pero con los años ibas viendo que quien lo hizo y plantó Tempranillo llenaba los bolsillos, puesto que la uva aquí se paga toda al mismo precio sin importar la variedad ni la antigüedad de la viña, sin tener en cuenta si tu viña de Garnacha produce 2000 kilos y la de Tempranillo 15000”, detalla Carlos. A su parecer, hoy, por ejemplo, la cooperativa está llena de grandes productores que están posicionando la región lejos de los atributos de calidad y diferenciación. Él e Isa tienen claro que esta no es una opción para ellos: “nuestra generación ha podido estudiar gracias al esfuerzo de nuestros padres y eso nos ha permitido movernos; nos hemos ido a Barcelona, a Madrid, a Burdeos, a Suramérica, etcétera y por internet nos compramos cualquier vino que nos interese. Y hemos decidido que esto ya no nos gusta. Con 6 ha estamos condenados si bajan el precio al que pagan el kilo de uva. Nuestro camino es otro.”

Preguntado por cuál es este camino, Carlos lo tiene claro: “es producir bien… Creo que es el camino correcto. El pequeño productor tiene hueco, tiene cabida en esta región y debe de estar también. Es bueno para La Rioja y es bueno para el sector. Aportamos calidad y sentido. Tenemos la idea de hacer un vino con nuestras viñas y hacerlo bien y ganar dinero para vivir. Sencillo. Y a su vez muy rico para la industria y para el entorno.” Se trata del camino que debe llevar a que el sumiller que ahora mira a Priorat, Montsant o Ribeira sacra, “porque sabe que lo están haciendo bien”, vuelva a mirar hacia La Rioja.

Por ello, Carlos defiende que “si vendemos la cepa de vaso de Garnacha como emblema de La Rioja al mundo, yo debo mantenerlo así”. Mientras reflexiona sobre todo lo apuntado, Carlos observa las cepas y va comprobando de reojo que está todo bien. De repente, se agacha a recoger un racimo de Garnacha olvidado en la vendimia –¡Anda! Que nos hemos dejado un racimo por aquí–. “Mirad, ¡qué dulce…!”, exclama. “Está súper buena… Son viñas con muy poca uva, pero muy buena.” Entre conversaciones sobre suelos, ya cerca de la viña colindante con una de las yasas que bajan de la sierra de Yerga y que parece talmente una playa, avistamos a Félix, el tío de Carlos, que aprovecha la fría mañana del domingo para podar la viña. “¡Félix! ¡Vamos a ver la viña con unos amigos!”, dice Carlos. Desde lo lejos acierta a preguntarnos, bromista, “si llevamos tijeras”, lo que genera entre nosotros unas sonoras risas. Félix, que sigue trabajando la viña ya mayor, pertenece a la generación que mira con cierto recelo a los jóvenes que deciden subvertir los esquemas y que no termina de confiar, por ejemplo, en esto de no usar fitosanitarios.

Precisamente uno de los retos de Vinos en Voz Baja es recuperar el suelo. “Desde que nos hicimos cargo de las viñas, dejamos de echar herbicida. Esta tierra hay que levantarla, debemos pensar cómo vamos a hacerlo. Hay musgo, que parece bonito, pero es una mierda. La compactación de esta tierra no puede compararse a la de las viñas donde el suelo está bien.” Desde el respeto a los que les han precedido, quienes les han legado la tierra –“y sin joder lo que ellos han hecho”–, y que no terminan de ver cómo van a salir hacia delante con una producción que queda lejos de la de las bodegas tradicionales, Carlos e Isa están determinados a hacerlo bien y a crecer de forma sostenida. “Tenemos un proyecto bonito y muchísimo trabajo; de seleccionar las parcelas, de comprar algunas parcelas que nos gustan, etcétera. Producimos poquito, pero lo vendemos bien. Nuestro objetivo es dar el salto y llegar a producir unas 20000 botellas y de ahí ya jugar entre las 25000 y las 35000.”

Por el momento, con sus 6 ha de Garnacha tinta, Garnacha roya, Graciano, Pasera, Viura y Tempranillo, elabora las referencias de Costumbres (blanco y tinto), el Outsider (tinto) y Erosivo (tinto). Vinos en Voz Baja nació con la primera, convencidos, como rememora Carlos de que “disfrutar un vino no es sólo sumergirse en una historia y una geografía, visualizando paisajes, escenas y caras, sino también costumbres.” En el Costumbres blanco se entrelazan Pasera, Viura y Garnacha Roya. Una parte se cría en barricas de roble usadas, mientras que otra se guarda en damajuanas. En verano, esta última se junta con la que está en la barrica, dando como resultado un vino de guarda suave y fresco, con un toque de acidez.

El Costumbres tinto, como no podía ser de otra forma, se elabora a partir de Garnacha, y se cría en botas de roble usadas durante diez meses. Más allá de otras tendencias en la crianza del vino, Carlos afirma que quiere trabajar con barricas: “En La Rioja se trabaja así y creo que ese aspecto de la región me gusta y quiero seguir trabajando con ellas, en mi estilo. A mí no me gusta el estilo de crianza y reserva, pero sí que creo que la barrica alarga más la vida de los vinos. El Outsider dura menos. Y las viñas… es una viña que entra también en Costumbres y dura mucho más que en el Outsider. El hecho de que uno tenga sulfuroso y otro no influirá, pero es que la microoxigenación que hace la barrica le tiene que dar vida al vino, esa es la explicación.”

Pero el Outsider nace precisamente alejado de toda preocupación por alargar la vida del vino: “Es sólo de una viña de Garnacha. Me gusta el hecho de que me da igual… Es un vino para bebérselo fresquito, joven, para bebértelo en casa. Nos da la oportunidad de dar a la gente lo más cercano al día de la vendimia. En vez de hacer fino, dijimos ‘tómalo rudo’. Con el raspón, sin la microoxigenación, un poco turbio cuando se embotella y sin los sulfitos. Tiene todo el sabor de las hierbas, del raspón, y esto hay gente a la que le molesta un poco; sin embargo, para otros hace que el vino sea mucho más transparente.” Debe su nombre a la canción homónima de Ángel Stanich, músico cántabro y uno de los cantantes preferidos de Carlos e Isa. Luce su traje, clandestino… el Outsider, reza la letra, “que resume de alguna manera esa filosofía de ir a tu aire y de ir un poco a lo ilegal, de estar en los márgenes.”

Se trata de un estilo más próximo a esos vinos “más diferentes, un poco turbios, que saben a sidra” y que Carlos probó sucesivamente en Món Vínic en Barcelona. “Me daban a probar cosas y yo me decía a mí mismo: ‘a mí no me gusta esto…’; volvía a casa y le decía a Isa: ‘no tienen ni idea…’ Y entonces la próxima vez que regresaba a Barcelona me decían: ‘Carlos, están bien tus vinos, pero mejor el Outsider’. Cuando lo probaron por primera vez dijeron: ‘esto sí, este camino es el bueno’. Me decían que Costumbres olía a madera, aunque huele casi nada y cada vez menos. Y entonces me di cuenta, de que por donde yo estaba pasando, ellos ya habían pasado, ya habían vuelto. Y a mí también me gusta el camino que estoy tomando.”

El Erosivo –si uno ve donde se encuentra la viña de media ha donde se cultiva la uva con la cual se elaborará el vino, en plena sierra de los Agudos, entiende el porqué del nombre– es la apuesta más reciente y arriesgada de Vinos en Voz Baja, si bien quieren “que llegue lejos.” “Es muy diferente, no tiene nada que ver ni en variedades ni en suelos con las otras referencias. Es la viña más vieja que tengo, del 1959. Las variedades son Graciano de Alfaro, que casi no queda nada, y Pasera. Algunos me han dicho cómo se me ocurría dejar el raspón con el Graciano…”. Efectivamente, cuando lo probamos directamente de la bota, le decimos que “ya entendemos porque tiene este nombre”. Carlos se ríe y comenta que “te tiene que doler un poco…”, a la vez que recalca que “todavía le queda mucho, casi un año, y va a cambiar.”

En el garaje dónde se elaboran los Vinos en Voz Baja, y con la sensación que tres horas de visita podrían convertirse tranquilamente en cuatro, cinco y seis, dejamos a un lado el enoturismo para discutir animadamente sobre proyectos pequeños, sencillos, que con frecuencia se sostienen por “amor al arte”, por aquello de las complicidades y las pasiones compartidas. “Si no hubiese gente apasionada del vino, proyectos así no tendrían recorrido, no los podríamos sacar adelante”, sostiene Carlos. “Los vinos me han emocionado. Yo soy de los de los que me compro botellas de todos los rincones, soy un ‘friki’ del vino, y no encuentro mayor placer que el de compartirlas con mis amigos y que la gente se emocione y contarles quién lo ha hecho y cómo creo que lo ha hecho. Yo entendí que, si a mí me ocurría, le podía ocurrir a otra gente. Y comprendí que debíamos hacer vinos que emocionaran y que podríamos sobrevivir.”

¿Que nos queda, sino los momentos que compartimos alrededor de un vino?, me pregunto, nos preguntamos. Conscientes de que se nos ha pasado el tiempo y de que Ada va a perder el tren que debía llevarla de Rincón de Soto a Logroño, Leandre afirma contundente que “momentos así deben disfrutarse sin prisa, no se pagan con dinero”. Y decidimos que ya la acercaremos con el coche, antes de emprender las cuatro horas de camino que nos depara la tarde del domingo, y después de una maravillosa comida en El Quizal de Autol. En la memoria, las palabras de Carlos – “los pequeños productores somos gente que sabemos lo que estamos haciendo, que lo hacemos con pocos medios, pero con toda la pasión, con todas las ganas”–. Y la lírica nostálgica de Berri. La pasión es el mínimo exigible. Encima del escenario, en el campo, en la vida.