Confesiones de una voyeur de huertos

La miraven obertament, amb una atenció completa, com fan els nens i els animals, amb una visió física, mesurant-ne només els atributs físics, l’encant i la vivacitat, i no pas els títols, els béns materials o l’ofici.
La seducció del minotaure – Anaïs Nin

Yo confieso: me gusta contemplar huertos. Cuando me muevo en coche y diviso uno, reduzco la velocidad, agarro el volante con firmeza y dejo escapar una mirada furtiva. Los observo desde el tren, al margen de las pequeñas ciudades. Perpendiculares y muy organizados. Un microbarrio de dedicación y abundancia. A pie, elijo los caminos desde donde sé que voy a verlos en cámara lenta, caminando bien arrimadita a sus márgenes. El perfume de la menta, que pareciera susurrarme que es verano que huele a tierra mojada y que qué hermosa yo con esta falda arremangada.

Me deleito observando la ingeniería de los tutores junto a los cuales se yerguen tomateras, judías de mata alta, pepinos y ajos en flor. Analizo el material, su grosor, los requisitos de cada planta, los sistemas de agarre, las distancias. La naturaleza pluriforme de los tutores es mi perdición: cañas de río, varas avellano, cañas de bamboo, hilo tensado, ramas de castaño, varillas de hierro, un alambre, cualquier planta vecina.

¿Dónde están los libros de paisajes hortelanos? Como el glaciar Perito Moreno, como la Amazonia, como el Mediterráneo. Las primaveras y los otoños retratados por la skyline de los huertos del mundo. Lo universal en sus manifestaciones particulares. Huertos que cuelgan. Huertos en terrazas. Huertos en un juego de macetas. Huertos con vallado de enebro. Huertos compartidos. Huertos que son una relación de reciprocidad generosa con la tierra.

Disfruto mirando huertos porque son un espacio individual protegido. Primigenio. Un cuadrilátero festivo con plantas verdes decoradas con tomates rojos, pimientos amarillos, berenjenas negras, calabacines verdes, coliflor anaranjada, maíz amarillo, alubias blancas, calabazas naranjas, amaranto rosado, fresas rojas, arándanos violetas.

Fijo mi atención en cómo se aprovechan las esquinas, los espacios con mucha sombra. Me gusta hacer que mi caleidoscopio gire frente a las hileras de los puerros, las cebollas, los ajos. Todos en línea recta y en separación ordenada entre ellos, se desarman y danzan desacomplejados ante el filtro de los espejos y los cristales. Como si sobre una marcha militar alguien volcara la celebración descontracturada de un desfile de orgullo LGTBI. La forma es el mensaje.

Me excita pensar que las flores están en los huertos para atraer abejas, mariposas, mariquitas. Para atraer muchas vidas en general. Las flores son del huerto las sirenas que cantan para el puro gozo. Un canto que me arrastra desde el tedio hacia su encantamiento y rodeada allí de tanta diversidad bien avenida siento que así sí, así se puede ser feliz.

Disfruto imaginando los preparados que contienen los cubos azules, intuyendo los rasgos del carácter del hortelano solo identificando si cuida de un huerto medicinal. Siento un cosquilleo cuando identifico las asociaciones de cultivos que se benefician mutuamente. Cuando adivino las cercanías nocivas, las rotaciones que empobrecen el suelo. Aquello del teaming y del moving no es un invento registrado de nuestra humanidad.

Los huertos son un patrimonio cultural no reconocido. Un legado intrafamiliar y localista, indefectiblemente atado a un suelo, a una climatología, al espíritu de un cuidador.

¿Y las casetas para las herramientas del huerto? ¿Se han fijado en ellas alguna vez? Es como de chica imaginaba que sería encontrarme con un baúl de tesoros: todo lo excitante de estudiar algo desconocido para aprender a otorgarle su valor.

El huerto es un templo: cirios con flores de patateras, con un alfombrado espeso de cilantro y perejil. Calabazas como farolas. Las coles, siempre altivas, dibujan un magnánimo altar. Hay una cubierta con racimos de uvas que en verano cuelgan sobre nuestras cabezas. Hay una espantapájaros con la ropa que dejó atrás el cuerpo enterrado de una abuela. El huerto es el refugio de un individuo y, también, un regalo para la humanidad.