Assaig general per a un ruralisme edulcorat

No obstante, cuando llegan esos momentos y como por una fina barbacana el pensamiento, con un salto supremo, pasa al otro lado, el universo para nosotros prohibido, y de ese modo lo que antes fuera fórmula inerte, nacida y crecida fuera de nosotros, se vuelve nuestra propia vida; oh, entonces se disuelven nuestros problemas tridimensionales y uno se siente -¡poder del hombre,- sumergido y suspendido en algo muy parecido a lo eterno. 

Cita con Einstein, Dino Buzzati

Imagino que tengo de nuevo 25 años. Nací donde muchas, en una urbe más-menos grande. Estudié, me formé, fui acompañada en la proyección de un futuro labrado y voy haciendo changas transitorias mientras reciclo mis residuos e intento descifrar a qué llamamiento profundo responde mi esencia. Qué coño hacer de mi vida, diría cualquiera. 

Con el celular en la zurda, leo que los arroyos donde mi abuelo pescaba, el prado donde mis tíos bajaban en un trineo de arpillera y en verano se celebraba la fiesta del bosque, las abejas nativas y los glaciares milenarios, todo, se va a la mierda. Corrijo en voz alta al redactor, que no me oye porque ya está tipeando un siguiente artículo sobre los outfits idóneos para una escapada rural: sigue yéndose a la mierda sin parar.

Me siento apelada, probablemente por toda esa carga cristiana de que el futuro son los niños y yo, creo, aún soy esa juventud. Probablemente también por la evidencia de la fuerza física, de la determinación, de la impulsividad y del no-miedo al vacío propio de la edad. No lo tengo del todo claro, pero sé con certeza que Greta, el club de los viernes y el retuiteo de ecólogos de oficina no tienen en esto nada que ver. Me siento apelada porque todo se va a la mierda y, como parte del todo, yo también me voy a caer. En el fondo, lo sé bien: tengo miedo. Pero no conozco bicho que tema y se quede en su guarida esperando el paso del Apocalipsis: tarde o temprano, cualquier escarabajo espabilado se moviliza en busca de alimento, sombra buena, pareja, mejoras vitales al fin. 

Soy incapaz de apagar el teléfono; me angustio scrolleando sobre el inodoro y no encuentro vía para manifestar esta forma de vacío porque, cuando birras mediante, rebuzno malestares mundanos como si no apelaran a mi esencia, como si el carpe diem progresista sencillamente fuera esto: constatar y callar. En la soledad inhabitable del baño soy traslúcida y el genio del algoritmo consigue traducir mis inquietudes: me lanza anuncios de fundaciones, de escuelas de pastores, fondos europeos para el desarrollo agrario, incentivos económicos a emprendimientos rurales, la mirada frontal de una ministra de agricultura que hace un llamamiento contundente al relevo generacional. Algo se me explica, en una síntesis elaborada al pie de una imagen bonita, alentadora, un caldero libre de smog al final del arcoíris. Salto con voracidad de foto en foto, de relatos a entrevistas, de declaraciones a llamamientos. Leo, adelanto y busco hasta finalmente incorporar el discurso: existen muchas tierras vacías y se ofrecen muchas oportunidades, hay muchas casas en desuso, montones de abuelos cuya ciática busca jubilarse. Lo entiendo, está claro: soy necesaria, puedo hacerme un mañana donde ser mi jefa, dicen, donde del tiempo y de mi oxigenación seré ama y señora y para la Tierra seré mesías, virgen de la abundancia, resguardo para bestias y flora autóctona. Que con mi presencia y una formación a medida, otras como yo se fijarán también al ‘territorio’: colindantes, hermanadas, corresponsables, reconstituidoras de un orden precapitalista no exento del confort de estos tiempos, porque para eso están hoy la conectividad asegurada en el desierto y el bajo fondo del mar, técnicos y asesores benévolos, un sinfín de agro-apps. 

¿Cómo no habría de despertarse en mí, con esta despiadada idealización de la realidad, el llamado a la concreción, al consumo ya no de unas tetas turgentes y un par de labios inflamados por demás, mas de una vida libertaria aspirando polen y acariciando animales, en comunión y resonancia con lo ancestral de mi genética?

Como los colores pastel que tiñen de romancero feliz un pasado agreste de subsistencia, sudor y renuncias, el moño con que me envuelven esta posibilidad de mi porvenir. Lo compro todo, necesito el pack completo: pachamama, libertad, conciliación, vacaciones en la costa, autorrealización.

Apoyada contra la reja de mi balcón que no es más amplio que el largo de mis pies en un 36, me dispongo a buscar tierras de forma compulsiva. Abundan, leo, sobre todo el boscaje frondoso y las parcelas con pendiente. Vacío lo que se dice vacío, no hay nada: hay hectáreas en manos de especuladores, terrazas donde cultivan abetos que talarán para navidad, altiplanos pirenaicos con un diseminado de vacas, fracciones de tierras reservadas a urbanizaciones post-pandémicas, suelos que se ofertan para placas solares y ventiladores gigantes, espacios resguardados y protegidos de actividad, salvo un sendero con taquilla para el turismo y su postal fugaz. Encuentro algún anuncio de traspaso: con lo que piden para armarme un negocio de cultivo y venta de lechugas y la cría de diez cabritas, en una austera masía catalogada cuyo cielorraso central está a medio derrumbar, sin agua, luz, ventanas ni calentador central, me compro un pisito en Costa Rica, abro un chiringuito nómada de empanadas caseras y en temporada baja me dedico a tomar agua de coco y aprender a surfear. 

Vuelvo a imaginar, esto muy bien se me da, que finalmente consigo ese pedacito de tierra con un constructo símil vivienda que dignificar. Después de una tercera visita, contrato y firma ante notario, acepto la evidencia: necesito de un vehículo si pretendo vivir, trabajar, abastecerme medianamente de socialización y asegurarme llegar donde ofrezcan asistencia médica cuando se presente la necesidad.

Entonces llegará el primer gran aguacero junto a las primeras rachas de viento movilizadoras y los árboles se desplomarán sobre el camino, barrerá el agua tierra, pedruscos, desarmará el camino que es mi entrada y mi salida. Tendré que invertir en una motosierra, aprender a usarla de forma segura, contratar a un tractorista para que rehaga el camino, reubique las piedras descarriadas y cave canales donde puedan desovar las lluvias de la primavera.

Empezaré con veinte cabras desperdigadas por el monte, hasta que la primera mañana de domingueo otoñal, me cruce con una pandilla de cazadores. Y si bien yo seré la arrendataria, serán ellos quienes marcarán los límites de mi camino. Con el amparo de las armas, la tradición, la causa cinegética y su hombría.

Entonces un día, yo que siempre había sido empleada del mes y nunca alfa de mi jauría, conoceré con el entrecejo incrédulo que del agro es la burocracia la peor enemiga. A la vez estructurante y estrangulador. Oficinas donde lo sencillo deviene en formularios, solicitudes, permisos, habilitaciones, certificados, tasas, firma digital y presencialidad, impuestos, tiempos de espera y exigencia de cumplimiento temporal, registro diario, registro semanal, registro mensual y resumen anual, seguros, actas, inspecciones, analíticas, la compra de un contenedor de cadáveres (requisito inicial para una anunciada agonía).

Y es probable, que cuando haya superado la dependencia del coche, la motosierra, los cazadores, la burocracia, cuando tenga los prados señalizados como alimento y las instrucciones de civismo extra-urbano colgadas, cuando crea que ya lloré la amargura inevitable de los precios bajos y el enojo por quienes vestidos de beige se promueven como gurús de la artesanía adjudicándose en la reventa un valor agregado que ni a las bestias ni al sembrado ni a la dignidad campesina le hacen justicia, cuando finalmente sienta compasión por mi esfuerzo diario y aprenda a reconocer y exigir mi valía, entonces se trasladará a mi vecindario una pareja de teletrabajadores rodeados de cuarzo rosa y mil combinaciones de hierbas serranas anudadas para sahumar según las circunstancias de sus chacras, que me interpondrán diversas denuncias: por el canto del gallo, por el perro de conducción que me acompaña y auxilia para pastorear, por las moscas que se alimentan de la bosta y nos trascenderán como especie porque no pretenden más que zumbar y criar larvas, ahí donde el ambiente les sea propicio y nosotros, seres humanos, tendremos siempre mucha carroña para dar.