¡Arriba las manos! ¡Esto es un mercado!

Lo admito: soy un mercado tradicional. Nací justito en el instante cuando los productores terminaron de intercambiarse alimentos y decidieron ir hasta la plaza del pueblo a vender sus excedentes.

Culpable me declaro de no tener márgenes concretos, suelo de linóleo ni ventilación asistida. Estoy abierto a la pluralidad y carezco de estrategias de globalización. Culpable soy de ser un feudo frágil adaptado al viento, al calor, a las lluvias de primavera, a la escarcha previa a la salida del sol. Culpable, la mayoría de las ocasiones, de rodearme de árboles florecidos, de palomas en busca de buenas migas.

Soy heterogéneo, itinerante y estoy en constante mutación. Soy la opción de consumo más despojada de monstruos publicitarios. No existe combinación de colores ni directrices derivadas de tarjetas de fidelización que rijan sobre mi ley primera: la confianza de la transacción cara a cara. Soy el punto final de una cadena de relaciones, que resiguiendo sus nexos hacia atrás y atrás y atrás, acaba dibujando una amplia red de complicidades. Una suerte de tendones en el cuerpo de una comunidad.

Quizás sea, admito, una antítesis incómoda de la tecnificación y de la rentabilidad milimétrica. Y este, confiado estoy, en pleno bullicio de la digitalización, es mi mayor pecado: una mancha en este concepto del progreso, un tullido orgulloso que se resiste a la homogeneidad. Invito a compartir sensaciones en voz alta, acojo infantes zigzagueando en patines entre las paradas, soy testigo de mítines improvisados que discurren sobre lo laborioso que resulta cultivar buenas patatas junto al mar. Me declaro culpable de ser un manifiesto de la evolución de las relaciones humanas -ahora tan vacías, tan apuradas. Soy monumento central en pueblos y ciudades; un monumento ambulante a los alimentos de la región. Soy un momento en un día, cuando el pueblo pertenece al pueblo; un espacio de libre reunión sin religiones, banderas ni carriles.

Pero, ante todo, no se me olvida, soy culpable de todo aquello que por megafonía los supermercados no pueden ofertar: el encanto de ser milenario y diverso, errante y dinámico. Soy centro que late bien dentro del pueblo, inspiración profunda en el corazón del barrio: junto a las plazas, las ramblas, las iglesias. Ahí al lado de donde se cuece el guiso. Tengo la luz de un paseo de ritmo calmo. Tengo la magia del gozo, que hace que las personas me esperen con ansias y me busquen mudadas en sus vestidos con bolsillo, agarrados de la mano los nuevos enamorados. A mi se me recorre sin prisas, como al amor maduro. Soy un oasis de fruta perfumada y verduras frescas, de legumbres y de queso de montaña.